Culpable

Mi abogado era un crío de doce años, y el juez, una inteligencia artificial.

La sentencia estaba clara desde el momento en el que toda mi defensa se basó en que los avatares con el pelo verde —ese era mi caso— no solíamos ser problemáticos. Su SeñorIA echó por tierra tal argumento en apenas tres milisegundos: “Todos en esta sala virtual conocemos la historia de los Lemmings. En los noventa, esos pequeños granujas destrozaban todo a su paso, ya fuera cavando o, incluso, inmolándose. ¿Recuerdan de qué color tenían el pelo? Exacto. Verde”.

Ante esa respuesta, el avatar de mi abogado se quedó colgado —luego supe que su madre le había arrebatado el mando— y eso provocó que el juicio concluyera antes de tiempo.

—¿Cómo se declara el acusado?

—A ver, si yo lo hice. Yo apreté los comandos, pero no se debe confundir realidad con ficción.

—¿Cree usted que yo soy ficción? ¿Acaso no existo por ser artificial?

—No digo eso, su SeñorIA, sino que todo este jaleo viene, según creo, por confundir ambos contextos. En los telediarios de todo el mundo han salido las imágenes de mi avatar matando al otro, pero es que eso es normal en un contexto de videojuegos. ¡Si hay algunos que sólo se basan en matar!

—¿Y las cuatro horas ensañándose con él con todo tipo de armas y… y…

Su SeñorIA tardó unos minutos en responder. Se ve que tenía algún tipo de filtro que le impedía continuar de forma autónoma. No tengo dudas de que la frase la terminó un ser humano.

—Disculpe. ¿Y las cuatro horas ensañándose con ese avatar con todo tipo de armas y… partes del cuerpo? ¿Sabía que era una niña de diez años que estuvo viendo eso en la pantalla todo el tiempo?

—Así que sus padres la dejaron cuatro horas sola en el mundo digital…

—¡Aquí sólo juzgamos el delito virtual!

En fin, culpable. Culpable de asesinato con ensañamiento en Imaginatic 3.000, la mayor realidad virtual de habla hispana, desarrollada de forma autónoma por una IA en constante aprendizaje (y un poquito de manipulación humana, claro).

La sentencia incluía doce años sin poder acceder a sus servidores y el bloqueo de mi avatar y nickname. Vamos, lo que viene siendo la muerte digital. Un game over sin insert coin.

Desde ese día, empecé a interesarme por la vida real, qué otra cosa podía hacer. Descubrí que vivía en una casa bastante bonita, con una esposa que parecía simpática y una hija que era una máquina… en matemáticas. Allí, la gente hablaba sin emoticonos en lugares tan anodinos como una peluquería (nunca entenderé eso de elegir un peinado sin poder verlo antes y que, encima, te lo tengas que quedar hasta que el pelo vuelva a crecer).

También había partidos del FIFA pero con jugadores de carne y hueso; y lo cierto es que se parecían bastante a los virtuales, todo hay que decirlo. Más lentos, pero muy conseguidos.

Por las calles, los coches circulaban sin nitro (tampoco volaban) y sólo podías conducir el tuyo, ya que por lo visto usar cualquier otro estaba mal visto.

Al igual que en Minecraft, había ciclos de días enteros con sus correspondientes noches, aunque duraban una eternidad. ¡Veinticuatro horas para un único ciclo!

En la realidad, en lugar de ganar vidas o puntos, te pasabas el tiempo perdiendo dinero, y es que el objetivo, en lugar de salvar el mundo, parecía ser simplemente sobrevivir. Como un survival pero sin zombies.

Ah, y lo más extraño de todo: no había botón de pausa. Era como si la vida real tuviera un código inacabado, como si hubiera sido desarrollada por una IA en beta.

Pero a todo nos acostumbramos, ¿verdad? Pronto descubrí que la realidad, aunque menos emocionante y más predecible que un videojuego, tenía sus propias recompensas. Empecé a apreciar los pequeños detalles: el sabor de la comida, las conversaciones sin likes, las mochilas de capacidad limitada…

Aunque todavía miro con nostalgia los días en los que era un tigre antropomorfo con pelo verde, ahora disfruto de la sencillez de lo real. Al final del día, eso es lo que realmente importa: encontrarnos a nosotros mismos y descubrir que somos felices, ¿no?

Bah. A quién quiero engañar, doce años son muchos. Prefiero matar a alguien y que también me expulsen de aquí.

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