Don Ávaro Solano

Don Ávaro Solano no podía dormir. Repetía el mismo patrón una y otra vez: cerraba los ojos, se revolvía en su cama, miraba cuánto le quedaba para que sonara la alarma del móvil y volvía a empezar.

Aunque fuera la noche del cinco al seis de enero, no era la ilusión ni los nervios que sí sentía de niño lo que le impedían dormir de adulto. Su problema era que no había tenido ni un like en su última publicación de Instagram, y eso que había cumplido con todas las indicaciones que le habían enseñado en un vídeo de YouTube donde prometían hacerse viral con cinco sencillos trucos. A pesar de que él sí que había dado like (y se había suscrito) al canal del Youtuber en cuestión, su post de Instagram, tan viralizable, apenas contaba con unas pocas visualizaciones. Lo más doloroso era, quizás, ese amargo mensaje que le taladraba el ánimo cada vez que revisaba sus notificaciones «esta publicación aún no tiene reacciones».

Mientras pensaba en hashtags con los que maldecir al algoritmo, tres sombras con forma humana se posaron a los pies de su cama. Intentó escapar por el pasillo, pero las tres sombras flotaron tras él hasta el salón. Así, don Ávaro pasó de estar enfadado a sentir miedo por tres followers a los que no podía bloquear.

¿Quiénes sois? se atrevió a preguntar ¿Los Reyes Magos?
No digas tonterías, somos los influencers del pasado, del presente y del futuro contestaron las tres sombras al unísono.
¿Y qué queréis?
Enseñarte la verdad.

Y, para su desgracia, se la enseñaron. El influencer del pasado (un señor ciertamente parecido a Melchor) le mostró cómo las redes sociales, en sus orígenes, te conectaban con amigos y familiares. Sobre todo, con los que estaban lejos. Eran realmente útiles para saber cómo le iba al primo que probó suerte en Londres o recordar el cumpleaños de la primera esposa de tu tío, esa que te caía mejor que la segunda.

El influencer del presente (muy parecido a Gaspar, todo hay que decirlo) le reveló los secretos de cada algoritmo, desde los del antiguo Twitter, ahora llamado X, hasta los del nuevo Twitter, llamado Threads. Allí descubrió que lo importante eran los datos que eras capaz de darle a las empresas para que pudieran hacerte una publicidad efectiva, y que el éxito real no lo median en likes, ni en visualizaciones ni en stories, sino en el dinero que podías gastar sin salir de la aplicación.

Por último, el influencer del futuro (igualito que Baltasar), le enseñó un parque lleno de columpios pero vacío de niños. Repleto de palomas pero sin trocitos de pan en el suelo. Con un césped verde impecable pero vacío de chalecos colocados a modo de porterías.

¿Dónde están todos? preguntó don Ávaro.
Suscritos respondió el influencer del futuro.

La última sombra se desvaneció, y Don Ávaro Solano despertó en su cama, sudoroso y fatigado. ¿Había sido un sueño demasiado real? Cogió el móvil de su mesita de noche, abrió Instagram y pulsó sobre las notificaciones.

Allí estaban.
Un número creciente.
Imparable.
Mil. Cien mil. Un millón.

Su post, hecho con inteligencia artificial y en el que se veía un parque vacío con el mensaje «esto provocan las redes sociales» se había vuelto viral.

Suspiró aliviado, dejó el móvil junto a su almohada y se durmió con una sonrisa.

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