—Reza lo que quieras, pero no vas a salir vivo de aquí —dijo el carcelero antes de dar un portazo y cerrar con llave.
El Agente 46 no cambió de postura (de rodillas, encorvado y con una Biblia abierta en las manos) hasta que los pasos dejaron de sonar al final del pasillo. Sólo entonces se levantó y se sacudió la arena de las rodillas.
“Lo difícil no es entrar, sino salir”. Pensó.
La celda estaba completamente a oscuras, sin ventanas ni velas, y el ruido de diminutos pasos a su alrededor le hicieron pensar que algunas ratas habían decidido darle la bienvenida. El olor era insoportable, una mezcla entre vómito, comida podrida y humedad. El siglo XVIII no era la mejor época para estar en una cárcel, desde luego, pero prefería estar allí, vivo, a morir en la silla eléctrica en pleno siglo XXI. Aquella misión en el pasado era su última oportunidad para evitar la pena de muerte en su tiempo.
Buscó la puerta de la celda a tientas, procurando arrastrar los pies para que las ratas se alejaran de él. Cuando llegó hasta una pared, la fue recorriendo con la palma de la mano, sintiendo el frío de la piedra y el musgo que salía de las grietas. No tardó en sentir el metal al llegar a la puerta, mojada por la lluvia que caía sobre París y que se filtraba desde el techo.
Abrió la Biblia y pasó las hojas de fino papel hasta dar con una más gruesa, hecha de cartón. Después, tal y como había ensayado en los últimos días, desplazó el cartón hacia arriba con la palma de la mano para abrir un pequeño compartimento. Sacó un destornillador y un escueto martillo de él y volvió a la puerta para buscar la cerradura.
Haciendo pausas para comprobar si el carcelero volvía alertado por el ruido, pudo abrir la puerta tras unos segundos de minucioso trabajo.
El pasillo estaba pobremente iluminado por velas, pero era suficiente para distinguir las puertas del resto de celdas. El hedor seguía presente, pero la mayor ventilación de la zona hacía que no fuera tan nauseabundo. Miró a través de los barrotes de la única ventana que había en el pasillo. Fuera pudo divisar un París muy diferente al que conocía. La lluvia encharcaba calles sin coches y tejados sin antenas; y tampoco había señales de la Torre Eiffel.
El Agente 46 fue revisando cada una de las puertas del pasillo, comprobando el interior de cada celda a través del hueco para la comida. A pesar de que lo único que encontraba en ellas era oscuridad, era precisamente eso lo que las descartaba.
Tras revisar varias puertas, al fin llegó a la que buscaba. Dos hombres conversaban en voz baja iluminados por un candelabro.
Introdujo el destornillador en la cerradura y se sirvió del martillo para repetir el movimiento que le había permitido salir de su celda. Tras los primeros golpes, la conversación cesó, aunque una voz llegó desde el interior.
—Aún no hemos terminado.
El Agente 46 no contestó. Sabía que tenía poco tiempo y que debía aprovecharlo. A pesar de que desde el interior le repetían, ahora a dos voces, que aún no habían terminado, siguió con su tarea hasta abrir la puerta.
Al entrar en la celda, todo estaba tal y como le habían dicho. Un gran candelabro de varias velas iluminaba el centro de la celda. Allí, el rey se confesaba de rodillas sobre un cojín de terciopelo rojo ante un cura vestido completamente de negro.
—La confesión aún no ha terminado —dijo el cura— ¿por qué entráis? ¿Quién sois?
El Agente 46 no contestó, se limitó a avanzar hasta él y darle un martillazo en la cabeza. El cura cayó al suelo inconsciente. El rey, inmóvil, le miró con ojos sorprendidos.
—No te… no se preocupe, majestad —se corrigió el Agente 46— vengo a ayudarle. Le ruego que confíe en mí y haga todo lo que le digo.
—Creo que no tengo mejor opción.
—Cree bien.
El Agente 46 desvistió al cura y se puso su ropa ante la atónita mirada del rey.
—Quédese aquí un momento, majestad —le dijo.
En apenas dos minutos, el Agente 46 arrastró al cura hasta la celda que había sido suya, lo encerró en ella y volvió junto al rey.
—Disimule. Haga como que sigue confesándose hasta que llegue el carcelero.
—¿Pero quién sois? —preguntó el rey.
—Si le digo que vengo del futuro para evitar que lo decapiten, ¿me creería?
—Desde luego que no, pero si es capaz de mantener mi cabeza pegada al cuello, tenga por seguro que le creeré eternamente.
La conversación se vio interrumpida por unos golpes secos en la puerta.
—Disimule —le susurró al rey—, saldremos junto al carcelero hasta el patio principal, allí encontraremos a algunos enemigos de la revolución que nos ayudarán a deshacernos de él y huir.
Cuando la puerta se abrió no apareció el carcelero, sino un hombre vestido exactamente igual que el rey y de gran parecido físico con el monarca. Sin mediar palabra, aquel hombre dio un fuerte martillazo al Agente 46, que cayó inconsciente al suelo. El rey, inmóvil, miró con ojos sorprendidos al recién llegado.
—No se preocupe, majestad —dijo el hombre—, vengo a prestarle ayuda. Le ruego que confíe en mí y haga todo lo que le digo.
—Creo que no tengo otra opción.
El hombre empezó a desvestir al Agente 46 y arrojó la ropa negra del cura a los pies del rey.
—Vaya poniéndose eso, majestad. Vuelvo enseguida.
Mientras el rey se vestía de cura, aquel hombre salió de la celda arrastrando al Agente 46. Cuando volvió, cerró la puerta y se puso de rodillas ante el rey.
—Disimule, haga como que me estoy confesando hasta que llegue el carcelero. Es más seguro que usted se haga pasar por cura, majestad.
—¿Quién sois? —preguntó el rey, vestido ya de religioso.
—Me llamo Luis, como vos. Digamos que soy un amigo de toda la vida.
—Ya…
Ambos interrumpieron la conversación ante el ruido que llegaba de la puerta.
—Cuando salgamos al patio —susurró Luis— un grupo de fieles seguidores nos ayudarán. Hoy no le cortarán el cuello, majestad.
—Entiendo…
La puerta se abrió, y entró un hombre con un martillo en la mano. Sin decir nada, se acercó hasta ellos, vaciló un poco al ver la ropa de ambos y, finalmente, asestó un martillazo a Luis, que cayó al suelo inconsciente.
—No hace falta que me explique nada —le dijo el rey—, viene del futuro para evitar que me ejecuten.
El tercer hombre, sorprendido por las palabras del rey, tardó unos segundos en responder.
—¿Conoce la máquina del tiempo?
—Lo sé todo —dijo el rey levantando la barbilla—. En el patio habrá fieles a la corona que nos ayudarán a escapar, ¿no es cierto?
—Lamento decirle que ya no queda ninguno vivo, majestad. Vengo del futuro, en eso tiene razón, pero no para ayudarle, sino para asegurarme de que le cortan la cabeza. Cambiar la Historia es peligroso.
La conversación cesó cuando oyeron ruidos en la puerta.
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