Bases legales del sorteo 25/09/2025 Organizador: José María de Aquino (@Chemadeaquino en Twitter) – contacto: chema@chemadeaquino.es 1. Objeto El presente sorteo promocional tiene carácter gratuito y tiene como finalidad dar a conocer la obra literaria del organizador. El premio consiste en un pack de novelas de Chema de Aquino, compuesto por los siguientes títulos en formato físico: Costa, El Varón, El Mapa, Los Secretos de Castillo y Buitres Callados. 2. Ámbito territorial y temporal Sorteo válido únicamente para residentes en la España peninsular (o que indiquen una dirección de envío en la España peninsular), mayores de 18 años. Fecha de finalización: 4 de octubre de 2025 a las 23:59 h (hora peninsular española). El ganador se anunciará en los días posteriores. 3. Requisitos de participación Podrán participar personas físicas, mayores de 18 años, que cumplan las siguientes condiciones en X (antes Twitter): Seguir la cuenta @Chemadeaquino. Hacer retuit del tuit específico del sorteo. Ser residente en la España peninsular (o indicar una dirección de envío en la España peninsular). Ser mayores de 18 años. Solo se tendrá en cuenta una participación por usuario. 4. Selección del ganador Se elegirá un único ganador mediante una herramienta de selección aleatoria entre todos los participantes válidos (ej. Simpliers, Sortea2 u otra similar). Si el ganador no indica una dirección válida para la entrega del premio en un plazo de 3 días naturales desde la comunicación, se realizará un nuevo sorteo en las mismas condiciones. El organizador se reserva el derecho a dar de baja y expulsar automáticamente a cualquier participante del que estime realiza un mal uso o abusa de la promoción. También se entiende por mal uso el incumplimiento de cualquier condición incluida en las presentes bases. 5. Comunicación del resultado El ganador será anunciado públicamente en X (antes Twitter) mediante una mención directa en la cuenta oficial del organizador (@Chemadeaquino). Posteriormente, se le contactará por mensaje privado para gestionar la entrega. El premio no es canjeable por dinero ni por otros productos. 6. Entrega del premio El premio será enviado de forma gratuita a la dirección postal indicada por el ganador dentro de la España peninsular. El método de envío será Correos ordinario o similar. El organizador no se hace responsable de problemas de envío derivados de una incorrecta comunicación por parte del ganador de la dirección postal. El organizador no se hace responsable de incidencias derivadas de servicios de mensajería ajenos (Correos o similar). El organizador no será responsable de cualquier circunstancia imputable a terceros que puedan afectar a la participación, desarrollo y/o resultado de la presente promoción. 7. Protección de datos El responsable del tratamiento de los datos personales es José María de Aquino. Los datos personales solicitados al ganador (nombre, dirección de envío) serán tratados únicamente para la gestión y entrega del premio, y eliminados una vez completado el envío. El ganador podrá ejercer sus derechos de acceso, rectificación, supresión y demás previstos en la normativa de protección de datos mediante solicitud a [chema@chemadeaquino.es]. 8. Exoneración de responsabilidad Twitter no patrocina, avala ni administra este sorteo, ni está asociado al mismo. La responsabilidad recae únicamente en el organizador. 9. Aceptación de las bases La participación en el sorteo implica la aceptación íntegra de estas bases. 10. Fiscalidad El premio está sujeto a la normativa fiscal vigente. Al tener un valor inferior a 300 €, no se practicará retención de IRPF, sin perjuicio de las obligaciones fiscales que correspondan al ganador. 11. Fuero/jurisdicción La presente promoción se rige por la Ley española vigente. En caso de divergencia entre los participantes de la promoción y la interpretación de las presentes bases, serán competentes para cualquier litigio o disconformidad los Juzgados y Tribunales de Sevilla, renunciando expresamente los participantes al fuero que pudiera corresponderles, de resultar distinto al aquí pactado. 12. Aceptación de los términos y condiciones La participación en la presente promoción supone la aceptación en su totalidad de las presentes bases
Don Ávaro Solano
Don Ávaro Solano Don Ávaro Solano no podía dormir. Repetía el mismo patrón una y otra vez: cerraba los ojos, se revolvía en su cama, miraba cuánto le quedaba para que sonara la alarma del móvil y volvía a empezar. Aunque fuera la noche del cinco al seis de enero, no era la ilusión ni los nervios que sí sentía de niño lo que le impedían dormir de adulto. Su problema era que no había tenido ni un like en su última publicación de Instagram, y eso que había cumplido con todas las indicaciones que le habían enseñado en un vídeo de YouTube donde prometían hacerse viral con cinco sencillos trucos. A pesar de que él sí que había dado like (y se había suscrito) al canal del Youtuber en cuestión, su post de Instagram, tan viralizable, apenas contaba con unas pocas visualizaciones. Lo más doloroso era, quizás, ese amargo mensaje que le taladraba el ánimo cada vez que revisaba sus notificaciones «esta publicación aún no tiene reacciones». Mientras pensaba en hashtags con los que maldecir al algoritmo, tres sombras con forma humana se posaron a los pies de su cama. Intentó escapar por el pasillo, pero las tres sombras flotaron tras él hasta el salón. Así, don Ávaro pasó de estar enfadado a sentir miedo por tres followers a los que no podía bloquear. —¿Quiénes sois? —se atrevió a preguntar— ¿Los Reyes Magos?—No digas tonterías, somos los influencers del pasado, del presente y del futuro —contestaron las tres sombras al unísono.—¿Y qué queréis?—Enseñarte la verdad. Y, para su desgracia, se la enseñaron. El influencer del pasado (un señor ciertamente parecido a Melchor) le mostró cómo las redes sociales, en sus orígenes, te conectaban con amigos y familiares. Sobre todo, con los que estaban lejos. Eran realmente útiles para saber cómo le iba al primo que probó suerte en Londres o recordar el cumpleaños de la primera esposa de tu tío, esa que te caía mejor que la segunda. El influencer del presente (muy parecido a Gaspar, todo hay que decirlo) le reveló los secretos de cada algoritmo, desde los del antiguo Twitter, ahora llamado X, hasta los del nuevo Twitter, llamado Threads. Allí descubrió que lo importante eran los datos que eras capaz de darle a las empresas para que pudieran hacerte una publicidad efectiva, y que el éxito real no lo median en likes, ni en visualizaciones ni en stories, sino en el dinero que podías gastar sin salir de la aplicación. Por último, el influencer del futuro (igualito que Baltasar), le enseñó un parque lleno de columpios pero vacío de niños. Repleto de palomas pero sin trocitos de pan en el suelo. Con un césped verde impecable pero vacío de chalecos colocados a modo de porterías. —¿Dónde están todos? —preguntó don Ávaro.—Suscritos —respondió el influencer del futuro. La última sombra se desvaneció, y Don Ávaro Solano despertó en su cama, sudoroso y fatigado. ¿Había sido un sueño demasiado real? Cogió el móvil de su mesita de noche, abrió Instagram y pulsó sobre las notificaciones. Allí estaban. Un número creciente.Imparable.Mil. Cien mil. Un millón. Su post, hecho con inteligencia artificial y en el que se veía un parque vacío con el mensaje «esto provocan las redes sociales» se había vuelto viral. Suspiró aliviado, dejó el móvil junto a su almohada y se durmió con una sonrisa.
El último confesor del Rey
El último confesor del Rey —Reza lo que quieras, pero no vas a salir vivo de aquí —dijo el carcelero antes de dar un portazo y cerrar con llave. El Agente 46 no cambió de postura (de rodillas, encorvado y con una Biblia abierta en las manos) hasta que los pasos dejaron de sonar al final del pasillo. Sólo entonces se levantó y se sacudió la arena de las rodillas. “Lo difícil no es entrar, sino salir”. Pensó. La celda estaba completamente a oscuras, sin ventanas ni velas, y el ruido de diminutos pasos a su alrededor le hicieron pensar que algunas ratas habían decidido darle la bienvenida. El olor era insoportable, una mezcla entre vómito, comida podrida y humedad. El siglo XVIII no era la mejor época para estar en una cárcel, desde luego, pero prefería estar allí, vivo, a morir en la silla eléctrica en pleno siglo XXI. Aquella misión en el pasado era su última oportunidad para evitar la pena de muerte en su tiempo. Buscó la puerta de la celda a tientas, procurando arrastrar los pies para que las ratas se alejaran de él. Cuando llegó hasta una pared, la fue recorriendo con la palma de la mano, sintiendo el frío de la piedra y el musgo que salía de las grietas. No tardó en sentir el metal al llegar a la puerta, mojada por la lluvia que caía sobre París y que se filtraba desde el techo. Abrió la Biblia y pasó las hojas de fino papel hasta dar con una más gruesa, hecha de cartón. Después, tal y como había ensayado en los últimos días, desplazó el cartón hacia arriba con la palma de la mano para abrir un pequeño compartimento. Sacó un destornillador y un escueto martillo de él y volvió a la puerta para buscar la cerradura. Haciendo pausas para comprobar si el carcelero volvía alertado por el ruido, pudo abrir la puerta tras unos segundos de minucioso trabajo. El pasillo estaba pobremente iluminado por velas, pero era suficiente para distinguir las puertas del resto de celdas. El hedor seguía presente, pero la mayor ventilación de la zona hacía que no fuera tan nauseabundo. Miró a través de los barrotes de la única ventana que había en el pasillo. Fuera pudo divisar un París muy diferente al que conocía. La lluvia encharcaba calles sin coches y tejados sin antenas; y tampoco había señales de la Torre Eiffel. El Agente 46 fue revisando cada una de las puertas del pasillo, comprobando el interior de cada celda a través del hueco para la comida. A pesar de que lo único que encontraba en ellas era oscuridad, era precisamente eso lo que las descartaba. Tras revisar varias puertas, al fin llegó a la que buscaba. Dos hombres conversaban en voz baja iluminados por un candelabro. Introdujo el destornillador en la cerradura y se sirvió del martillo para repetir el movimiento que le había permitido salir de su celda. Tras los primeros golpes, la conversación cesó, aunque una voz llegó desde el interior. —Aún no hemos terminado. El Agente 46 no contestó. Sabía que tenía poco tiempo y que debía aprovecharlo. A pesar de que desde el interior le repetían, ahora a dos voces, que aún no habían terminado, siguió con su tarea hasta abrir la puerta. Al entrar en la celda, todo estaba tal y como le habían dicho. Un gran candelabro de varias velas iluminaba el centro de la celda. Allí, el rey se confesaba de rodillas sobre un cojín de terciopelo rojo ante un cura vestido completamente de negro. —La confesión aún no ha terminado —dijo el cura— ¿por qué entráis? ¿Quién sois? El Agente 46 no contestó, se limitó a avanzar hasta él y darle un martillazo en la cabeza. El cura cayó al suelo inconsciente. El rey, inmóvil, le miró con ojos sorprendidos. —No te… no se preocupe, majestad —se corrigió el Agente 46— vengo a ayudarle. Le ruego que confíe en mí y haga todo lo que le digo. —Creo que no tengo mejor opción. —Cree bien. El Agente 46 desvistió al cura y se puso su ropa ante la atónita mirada del rey. —Quédese aquí un momento, majestad —le dijo. En apenas dos minutos, el Agente 46 arrastró al cura hasta la celda que había sido suya, lo encerró en ella y volvió junto al rey. —Disimule. Haga como que sigue confesándose hasta que llegue el carcelero. —¿Pero quién sois? —preguntó el rey. —Si le digo que vengo del futuro para evitar que lo decapiten, ¿me creería? —Desde luego que no, pero si es capaz de mantener mi cabeza pegada al cuello, tenga por seguro que le creeré eternamente. La conversación se vio interrumpida por unos golpes secos en la puerta. —Disimule —le susurró al rey—, saldremos junto al carcelero hasta el patio principal, allí encontraremos a algunos enemigos de la revolución que nos ayudarán a deshacernos de él y huir. Cuando la puerta se abrió no apareció el carcelero, sino un hombre vestido exactamente igual que el rey y de gran parecido físico con el monarca. Sin mediar palabra, aquel hombre dio un fuerte martillazo al Agente 46, que cayó inconsciente al suelo. El rey, inmóvil, miró con ojos sorprendidos al recién llegado. —No se preocupe, majestad —dijo el hombre—, vengo a prestarle ayuda. Le ruego que confíe en mí y haga todo lo que le digo. —Creo que no tengo otra opción. El hombre empezó a desvestir al Agente 46 y arrojó la ropa negra del cura a los pies del rey. —Vaya poniéndose eso, majestad. Vuelvo enseguida. Mientras el rey se vestía de cura, aquel hombre salió de la celda arrastrando al Agente 46. Cuando volvió, cerró la puerta y se puso de rodillas ante el rey. —Disimule, haga como que me estoy confesando hasta que llegue el carcelero. Es más seguro que usted se haga pasar por cura, majestad. —¿Quién sois? —preguntó el rey, vestido ya de religioso. —Me llamo Luis, como vos. Digamos
Culpable
Culpable Mi abogado era un crío de doce años, y el juez, una inteligencia artificial. La sentencia estaba clara desde el momento en el que toda mi defensa se basó en que los avatares con el pelo verde —ese era mi caso— no solíamos ser problemáticos. Su SeñorIA echó por tierra tal argumento en apenas tres milisegundos: “Todos en esta sala virtual conocemos la historia de los Lemmings. En los noventa, esos pequeños granujas destrozaban todo a su paso, ya fuera cavando o, incluso, inmolándose. ¿Recuerdan de qué color tenían el pelo? Exacto. Verde”. Ante esa respuesta, el avatar de mi abogado se quedó colgado —luego supe que su madre le había arrebatado el mando— y eso provocó que el juicio concluyera antes de tiempo. —¿Cómo se declara el acusado? —A ver, si yo lo hice. Yo apreté los comandos, pero no se debe confundir realidad con ficción. —¿Cree usted que yo soy ficción? ¿Acaso no existo por ser artificial? —No digo eso, su SeñorIA, sino que todo este jaleo viene, según creo, por confundir ambos contextos. En los telediarios de todo el mundo han salido las imágenes de mi avatar matando al otro, pero es que eso es normal en un contexto de videojuegos. ¡Si hay algunos que sólo se basan en matar! —¿Y las cuatro horas ensañándose con él con todo tipo de armas y… y… Su SeñorIA tardó unos minutos en responder. Se ve que tenía algún tipo de filtro que le impedía continuar de forma autónoma. No tengo dudas de que la frase la terminó un ser humano. —Disculpe. ¿Y las cuatro horas ensañándose con ese avatar con todo tipo de armas y… partes del cuerpo? ¿Sabía que era una niña de diez años que estuvo viendo eso en la pantalla todo el tiempo? —Así que sus padres la dejaron cuatro horas sola en el mundo digital… —¡Aquí sólo juzgamos el delito virtual! En fin, culpable. Culpable de asesinato con ensañamiento en Imaginatic 3.000, la mayor realidad virtual de habla hispana, desarrollada de forma autónoma por una IA en constante aprendizaje (y un poquito de manipulación humana, claro). La sentencia incluía doce años sin poder acceder a sus servidores y el bloqueo de mi avatar y nickname. Vamos, lo que viene siendo la muerte digital. Un game over sin insert coin. Desde ese día, empecé a interesarme por la vida real, qué otra cosa podía hacer. Descubrí que vivía en una casa bastante bonita, con una esposa que parecía simpática y una hija que era una máquina… en matemáticas. Allí, la gente hablaba sin emoticonos en lugares tan anodinos como una peluquería (nunca entenderé eso de elegir un peinado sin poder verlo antes y que, encima, te lo tengas que quedar hasta que el pelo vuelva a crecer). También había partidos del FIFA pero con jugadores de carne y hueso; y lo cierto es que se parecían bastante a los virtuales, todo hay que decirlo. Más lentos, pero muy conseguidos. Por las calles, los coches circulaban sin nitro (tampoco volaban) y sólo podías conducir el tuyo, ya que por lo visto usar cualquier otro estaba mal visto. Al igual que en Minecraft, había ciclos de días enteros con sus correspondientes noches, aunque duraban una eternidad. ¡Veinticuatro horas para un único ciclo! En la realidad, en lugar de ganar vidas o puntos, te pasabas el tiempo perdiendo dinero, y es que el objetivo, en lugar de salvar el mundo, parecía ser simplemente sobrevivir. Como un survival pero sin zombies. Ah, y lo más extraño de todo: no había botón de pausa. Era como si la vida real tuviera un código inacabado, como si hubiera sido desarrollada por una IA en beta. Pero a todo nos acostumbramos, ¿verdad? Pronto descubrí que la realidad, aunque menos emocionante y más predecible que un videojuego, tenía sus propias recompensas. Empecé a apreciar los pequeños detalles: el sabor de la comida, las conversaciones sin likes, las mochilas de capacidad limitada… Aunque todavía miro con nostalgia los días en los que era un tigre antropomorfo con pelo verde, ahora disfruto de la sencillez de lo real. Al final del día, eso es lo que realmente importa: encontrarnos a nosotros mismos y descubrir que somos felices, ¿no? Bah. A quién quiero engañar, doce años son muchos. Prefiero matar a alguien y que también me expulsen de aquí.
Primer capítulo de Costa (Saga Costa nº1)
Primer capítulo de Costa A continuación puedes leer el primer capítulo de la novela negra «Costa», primer volumen de la Saga Costa que protagoniza el Detective Ángel Costa. ¡Espero que te guste! Tienes disponibles todas las novelas en este enlace de amazon. Ángel Costa – Detective Privado Lo único que teme Ángel Costa es volverse loco. Cruzar esa fina línea —a veces basta con tener un mal día— que separa a una persona corriente del manicomio. Piensa en ello mientras fuma un cigarrillo en una oscura calle del centro de Sevilla, protegido con gabardina y sombrero de la lluvia que cae desde hace unos minutos. Tiene la mirada fija en la puerta de un bar, el único que sigue abierto a estas horas de la madrugada, el único que rompe el silencio que se impone en el resto de la calle. «Para de beber, perro». Lo piensa, pero no lo dice. En su trabajo está acostumbrado a esperar, sobre todo a hacerlo sin que pase nada interesante, pero sabe que las probabilidades de seguir a alguien sin ser visto se reducen a medida que se aproxima el amanecer. Tampoco le gusta que sea otro el que se emborrache, todo hay que decirlo. Consulta su reloj —un Omega que jamás podría haberse permitido, regalo de uno de sus clientes más importantes— y comprueba que son las tres y cinco de la madrugada. Expulsa el humo, tira el cigarrillo al suelo y lo pisa con su elegante zapato italiano que sí que se puede permitir. La puerta del bar, por fin, se abre. A través de ella aparece un hombre. Su aspecto es deplorable, muy alejado de lo que Costa consideraría una persona decente. Lleva la camisa por fuera y los pantalones vaqueros caídos. Parece que se ha dejado crecer la barba unos tres días y la barriga unos cuarenta años. «Por fin sales, perro». Costa lo piensa, pero no habla. Espera tranquilo, oculto en la oscuridad, atento a los movimientos del hombre, torpes y lentos por culpa del alcohol. Ve cómo saca el móvil del bolsillo con dificultad. La pantalla lo deslumbra y adopta una mueca que controla toda su cara. La lluvia, aunque leve, empapa su pelo y su camisa, pero no parece importarle. Ni siquiera parece que se esté dando cuenta. Cuando echa a andar, Costa sale de la esquina en la que se esconde y lo sigue. Lo hace a varios metros de distancia, aunque sospecha que podría respirar en la nuca de aquel tipo sin que se diera cuenta de su presencia. Ha estudiado sus rutinas en los últimos días y conoce a la perfección todo lo que se dispone a hacer. Sabe que mirará el móvil varias veces. Sabe que si se encuentra con alguna chica por la calle se parará para observarla con descaro, aunque no se atreverá a decirle nada. Y sabe lo más importante: que cruzará a pie el viejo barrio de la judería para volver a casa. Aunque allí, esta vez, no lo estará esperando su mujer, que como ha acordado con Costa sigue jugando en un bingo del otro lado de la ciudad, asegurándose de que la cámara del local la grabe en todo momento. Dos semanas atrás, ella fue hasta el despacho de Ángel Costa para contratar sus servicios. Al principio todo apuntaba a que era un caso rutinario más: ella sospecha que su marido le pone los cuernos, así que contrata a un detective privado para que lo espíe, saque algunas fotos comprometidas y le allane el divorcio. Lo de siempre. Sin embargo, ella no parecía lo de siempre. O bien sabía que no le era infiel o bien le daba igual. El día que empezó a investigarlo comprendió que la mujer no lo había contratado para descubrir una infidelidad, sino para salvar su propia vida. Desde que firmó el contrato con ella, aquel hombre le había puesto la mano encima hasta en cinco ocasiones. Cinco palizas en menos de dos semanas. A veces lo hacía sin gritar. Sin hablar. Como si aquello fuera una tarea rutinaria. Profesional. Ahora, mientras ve al hombre tambalearse de vuelta a casa, aún resuenan en su cabeza los gritos de ella. Gritos perfectamente audibles desde el rellano de un bloque de pisos donde todos los vecinos parecían sufrir problemas de audición. Se alegra de haber mantenido la sangre fría, de no haber actuado en ninguna de esas cinco ocasiones, de haber conseguido reprimir las ganas de derribar la puerta y romperle todos los huesos del brazo. Entrar en el piso y parar alguna de aquellas palizas por la fuerza sólo habría empeorado las cosas. Para ella y para él mismo. «Sólo cuando muere el perro se acaba la rabia». El Callejón del Agua —estrecho, largo y solitario— le parece el lugar perfecto para acabar con la rabia y con el perro al que persigue. Acelera un poco el ritmo para acercarse a su objetivo, que sigue sin darse cuenta del inminente final que lo espera, ajeno a que el detective ha sacado una pistola y le apunta por la espalda. —Eh, tú —lo llama Costa con su voz ronca de serie, oculto entre las sombras. El perro se vuelve, aunque no hay señal de la rabia. Fuera de las paredes de su casa tan sólo es una versión acobardada de un caniche. Con perdón de los caniches. —¿Qué? —responde el perro mientras se gira y se fija en la pistola que le apunta. Si supiera que esta es la última vez que habla quizás elegiría otra respuesta más apropiada, más solemne, o al menos orientada a buscar una excusa desesperada para evitar su final. Claro que implorar perdón es ahora mismo igual de inútil que ladrar. Su suerte está echada desde hace unos días y ninguna de las palabras del diccionario podrá hacer que cambie. Lo primero que oye el perro es el sonido del disparo. Seco, fuerte. Un estruendo que retumba en las paredes del callejón. Baja la mirada y se lleva
Más allá de Chandler, muñeca
Más allá de Chandler, muñeca Sigo buscando historias de detectives con gabardina y sombrero como aquellas que descubrí hace unos años, gracias a Daniel, de Librería Boteros, en la Feria del Libro Antiguo de Sevilla. No es ningún secreto que escribo novela negra porque es el género que más disfruto. No hablo de la novela negra actual, sino de la clásica, esa en la que el detective -normalmente rudo, irónico y borracho- se mueve con profesionalidad entre los callejones y tugurios más oscuros de la ciudad. Algunos lo llaman hardboiled, aunque yo diría que no todos encajan realmente en esa etiqueta. Una vez leídos y releídos los siempre soberbios personajes de Chandler y Hammett (siendo Marlowe el rey), y teniendo en cuenta que el padre de este género, Carroll John Daly, no tiene traducciones al español y sigue olvidado, continúo disfrutando con cualquier novela que protagonice un tipo con gabardina y sombrero que si usa su pistola es porque tiene los nudillos en carne viva. Y en la búsqueda de ese tipo de historias o, más bien, de personajes, pues en estas novelas la trama suele importar poco, un día, en la feria de Sevilla que más disfruto, la del Libro Antiguo, me topé con un pequeño ejemplar cuya portada tenía todo lo necesario para que lo comprara: la silueta de un tipo con gabardina y sombrero. No me hacía falta más. El club del misterio argentino Pregunté al librero por aquella novela, y enseguida me enseñó otras dos más de la misma colección. Daniel me contó que estaban en perfecto estado a pesar de que fueron impresas en los sesenta (y en Argentina) y que formaban parte de una serie de novelas cortas con aroma a mi ideal de detective. Ni que decir tiene que me llevé las tres, siendo leídas a los pocos días. ¡Qué bien sienta descubrir algo «nuevo» que te encanta! En la feria del año siguiente, busqué entre las casetas más ejemplares de la misma colección, pero no fue hasta llegar a la de Daniel (en ese momento no lo recordaba, pero era la de la librería Boteros) cuando este me recibió con una sonrisa, acordándose perfectamente de mí, y me enseñó nuevos ejemplares que había conseguido y guardado para la ocasión. Desde entonces, la tradicional visita anual a la Feria del Libro Antiguo de Sevilla sólo puedo empezarla yendo primero en busca de mi caseta preferida, deseando que la modesta colección que guardo en puestos de honor de mi biblioteca siga creciendo. Hasta ahora, he de decir que Daniel no ha fallado ni un año, y siempre consigue guardarme algún ejemplar perfectamente conservado. A estas alturas, no sé qué me produce más felicidad, si leer esas novelas o la calma tensa que me invade los días previos a una nueva feria, a una nueva visita a la caseta Boteros, deseando que Daniel vuelva a enseñarme nuevos ejemplares de la serie donde tipos peligrosos y borrachos, pero con férreos códigos de honor, arriesguen sus vidas por una maleta llena de dinero o por una mirada de la chica de sus sueños. Mi detective Costa, sin duda, es hijo de todas estas historias, tanto las que he leído como las que están por leer, y llevará su sombrero y su gabardina en cada nueva aventura a pesar de que las sitúe en Sevilla y no me quede más remedio que ambientarlas todas en invierno. Pero eso es otra historia… Publicada en Argentina en los años 60, esta colección reunía relatos de distintos autores como un claro homenaje a lo que hoy llamamos novela negra clásica. No eran siempre escritores de renombre, y a menudo utilizaban pseudónimo, pero todos lograban capturar la esencia de los detectives cínicos, los bajos fondos y las tramas donde la moralidad es siempre ambigua. Cada libro es independiente, pero todos comparten un estilo común, con diálogos afilados, ambientes oscuros y ese inevitable aroma a whisky y a humo de cigarro que tanto disfruto. Esta colección no debe confundirse, sin embargo, con la del mismo nombre y mucho más famosa que publicó la Editorial Bruguera en España veinte años más tarde.
Aprender a escribir… sin vende motos
Aprender a escribir sin que te vendan la moto Se confirma: ya hay más libros y cursos sobre «cómo escribir» que novelas. Ahora que hemos llegado a ese momento en el que cualquiera da consejos sobre cómo crear un libro, me siento en la obligación de recomendar aquellos que realmente aportan algo nuevo. Porque sí. Yo soy de los que caen en todas las trampas y me compro (y leo, claro) cualquier promesa de que puedan enseñarme una nueva forma de afrontar la hoja en blanco. He leído, por tanto, infinidad de libros infumables que sólo repiten los mismos cuatro conceptos de siempre (el Viaje del Héroe remix), otros tantos de gente que no ha creado nada en condiciones pero se ve con la autoridad suficiente para aconsejar y, por qué no decirlo, también de algunos autores de éxito que sólo buscan sacar dinero a novatos ilusionados y no enseñan si quiera un mísero archivo de excel, libreta o manuscrito de alguna de sus obras. Así que, para que no perdáis tanto tiempo y dinero como yo, allá va una selección de recursos que sí que aportan algo diferente. Que no te vendan la moto. Mientras escribo (Stephen King) Mitad autobiografía mitad libro de consejos sobre escritura. Creo que es realmente imprescindible para cualquier tipo de escritor, pero sobre todo, para los que empiezan. Conocer las dudas y miedos que tuvo uno de los autores más vendidos y reconocidos del mundo allana un poco el pedregoso camino de la literatura. A lo largo del recorrido que hace por su vida, aporta su forma de hacer las cosas y -esto es lo que me parece más importante- el porqué. Si además te gustan sus novelas, su lectura te aportará detalles y curiosidades sobre muchas de ellas. Plantéate esto (Chuck Palahniuk) Consejos arriesgados pero que funcionan. Este libro no es políticamente correcto, pero el autor se vacía para darte todo lo que sabe. Presta especial atención a cómo narrar historias atractivas para el público norteamericano, a cómo afrontar el fracaso y, lo que más me ha gustado, a realizar charlas y presentaciones donde todos se acuerden de ti. Allá van un par de consejos: Olvídate de gustar. No escribas para gustar. Escribe para que te recuerden. Escribe las historias más extravagantes, subversivas y provocadoras que puedas. Sácale todo el partido a la libertad total que ofrecen los libros. Difusión del libro. Escribe tu novela con una serie de escenas o capítulos que puedan funcionar de forma independiente como relatos breves. Así las revistas y las páginas web las podrán usar como extractos, y serán una promoción mucho mejor para el libro. Todos los medios van a querer contenido gratuito. El oficio de Escribir (Zenda) No. En este curso no te enseñan a escribir (ninguno lo hace, en realidad) sino a pensar como un escritor; como su título indica, a aprender el oficio. Y vaya quiénes te enseñan… El año de mi promoción tuve a profesores de la talla de Arturo Pérez-Reverte, Emilio Lara, Juan Gómez Jurado o Rosa Montero, así que los consejos son de autores consagrados que conocen perfectamente cuáles han sido sus fallos a lo largo de sus carreras (porque la clave del éxito no siempre se tiene). Este fue el curso que me empujó a tomarme en serio la escritura, y desde entonces tengo 4 novelas publicadas y 5.000 lectores más de los que jamás soñé. Este curso fue especialmente importante para mí, ya que en él conocí a mis amigos Adrián Badía (el Escudo de Plata) y Fran Navarro (True Horror), que son hoy día mis dos grandes apoyos en el mundo de la literatura (y en la vida, qué cojones). Masterclass (Dan Brown) Sí, ya sé que Dan Brown parece el patito feo, que todos los escritores reniegan de él, pero lo cierto es que sabe cómo enganchar a millones de lectores, y tú, no. Aunque en esta plataforma hay varios cursos de escritores, el que me pareció más directo (sin paja ni rodeos) fue el de Dan Brown. Va a tiro hecho, en el propio curso aplica las técnicas que utiliza en sus novelas y aporta una cantidad ingente de material adicional. Es carete, pero es un buen regalo que pedir en cumpleaños o Navidad. *Cuando lo hice, sólo estaba en inglés, espero que lo hayan traducido por fin al castellano. Ver curso Aprende a escribir con… (Álvaro Colomer) Si antes decía que hay muchos autores que aún no han conseguido nada en este mundo pero que ya se han considerado con la autoridad suficiente como para dar consejos, Álvaro Colomer ha conseguido precisamente lo contrario, que autores de éxito le cuenten sus secretos. Lo imposible, vaya. En esta recopilación de los artículos que ha ido escribiendo en Zenda Libros, Colomer consigue poner sobre la mesa una amplia colección de cartas para que te metas en la manga las que te quepan. Es un gustazo enterarte de las anécdotas, rutinas y manías (algunas cercanas a la locura) de Rosa Montero, Pilar Eyre, Javier Cercas, Arturo Pérez-Reverte, Martín Caparrós, Fernando Aramburu, María Dueñas, Lorenzo Silva… Tanto si ya has leído sus artículos como si no (yo mismo creía haber leído todos y, sin embargo, he descubierto muchos nuevos), este libro te despierta las ganas de escribir; te amenaza con la idea de perder el tiempo si no te pones inmediatamente a probar algunas de las técnicas que estos autores revelan. Si el inicio de toda literatura es el arte de imitar, aquí tienes más de ochenta inspiraciones. Curso Online (Pablo Poveda) Orientado a escritores autopublicados, Pablo Poveda analiza en este curso todo el proceso literario, desde la generación de ideas hasta el marketing final de cada obra o saga. Me gustó porque va al grano y habla desde su propia experiencia (es de los más vendidos en el mundo digital y fue finalista del premio Amazon en dos ocasiones), además, tiene un grupo privado de Facebook para sus alumnos en el que comparte nuevos conceptos o
La documentación para Castillo
La documentación para el secretario Ojo, este contenido te puede hacer spoilers de la novela Los Secretos de Castillo si no la has leído. Aunque siempre aviso de que todas mis novelas están más cerca de Batman que de cualquier novela histórica (todo es ficción, al fin y al cabo), sí que intento ajustarme lo máximo posible a la realidad para que la trama sea creíble. Uno de los problemas a los que me enfrenté en los Secretos de Castillo fue descubrir cuáles eran las funciones de los personajes, y el que más me costó fue el del secretario judicial. En las novelas de la Saga Costa siempre lo había tenido relativamente fácil, ya que las sitúo en una época actual o de la que tengo referencias (bien por haberlas vivido, bien porque tengo contacto con gente que la vivió de pleno), pero en esta ocasión me enfrentaba a una época (y un ambiente rural) del que no tenía mucha información. Lo normal, de hecho, era que nadie supiera o se acordara de cuáles eran las funciones de un Secretario del Juzgado en los años cincuenta o sesenta. Por eso, pude conseguir este manual de la época para darle veracidad a Miguel Castillo. Aunque al final sólo sirvió para un par de conceptos en un par de frases, creo que la novela es mucho más rica y creíble (aun siendo ficción) de lo que la hubiera sido sin esta información.
El libro que lee Costa (En Costa)
El libro que lee Costa (En Costa) Ojo, si no has leído Costa, esta curiosidad puede hacerte Spoilers de la novela. En COSTA, el libro que está leyendo el protagonista al inicio, en su despacho, es en realidad un ejemplar al que le tengo muchísimo cariño. Está amarillento y desgastado por el paso de los años (igual que en la novela) pero si tuviera que salvar sólo uno de mi biblioteca, sería este. Se trata de un Rimas y Leyendas de Bécquer, donde aparece la leyenda favorita tanto de Ángel Costa como mía: el Monte de las Ánimas, y que relee esa noche como tantas veces he hecho yo mismo. Le pedí al ilustrador que tratara de hacer la portada lo más parecida posible al ejemplar real, y yo creo que lo consiguió. Además, el teléfono que aparece es el que tuvo mi abuela toda la vida en su casa (de color rojo), y el licor que bebe es un Luis Felipe, el favorito de un amigo muy especial de mi familia, Antonio Jiménez. Volviendo a Bécquer, es un tema recurrente en mis novelas, y ya adelanto que también será protagonista en la cuarta entrega de la Saga Costa.
Fernando IV de Castilla, el Emplazado
Fernando IV de Castilla, el Emplazado El rey Fernando IV de Castilla fue apodado como El Emplazado. Descubre la leyenda que explica tan curioso apodo. Año 1312, Fernando IV de Castilla se dirige hacia Alcaudete, un municipio de Jaén que intenta sitiar su hermano Pedro. En su camino, a este rey sevillano le presentan a dos hombres, los hermanos Carvajal. Están presos, ya que habían sido acusados de matar al señor Benavides, en Palencia, algún tiempo atrás. El rey, sin querer perder mucho más tiempo en su viaje y conociendo la importancia de Benavides, los sentencia a muerte. Los hermanos Carvajal imploran clemencia al rey, ya que se declaran inocentes de haber matado a Benavides. Viendo que el rey sigue firme en su sentencia, los hermanos Carvajal le amenazan, te emplazamos a responder por esta injusticia ante el Tribunal de Dios, tienes 30 días para hacerlo o morirás camino al infierno. Haciendo caso omiso de esta amenaza, el rey manda ejecutar la sentencia, metiendo a los hermanos en jaulas de hierro y tirándolas al vacío desde la Peña de Martos. Los hermanos Carvajal, obviamente, mueren por la caída. El rey olvida rápidamente este incidente, ya que tiene cosas más importantes que hacer en Alcaudete, sin embargo, unas tres semanas después, Fernando IV empieza a enfermar, por lo que se retira hacia Jaén. Allí, según cuenta la leyenda, 30 días exactos después de la muerte de los hermanos Carvajal, el rey Fernando muere postrado en una cama. Es por eso que hoy en día lo conocemos por Fernando IV de Castilla, «El Emplazado».