Llevo unos días en Jártava, un pueblecito que me habían recomendado para desconectar… Y vaya si lo he hecho.

Es más, ahora mismo ni siquiera sé si esto se podrá enviar.

El primer día, el dueño de la pensión me invitó a un «evento especial».

Un entierro 😳😳

Según me contó, el día anterior había fallecido doña Clara, la vecina más querida del lugar. Se trataba, además, de la más longeva (97 años).

Me enseñó una foto de sus tiempos de juventud.

-¿Por qué era tan querida? ¿Era rica? -pregunté.

-No. Aquí el dinero no importa. Aquí lo que se valora es la compañía cuando te pasas la noche rezando para que tu hijo nazca sin problemas, una café cuando llega la mañana y sigue sin nacer, o un hombro donde llorar cuando, más tarde, entierras a tu mujer. Doña Clara era eso.

Me dijo aquello con lágrimas asomándose a sus ojos, así que no quise preguntar más y me limité a acompañarlo al cementerio.

Al llegar, comprobé que había acudido todo el pueblo, aunque mi atención fue captada de inmediato por el ataúd donde reposaba doña Clara…

De su interior, desde dentro de aquel ataúd, ¡salía música!

Me fijé en los allí presentes, pero nadie parecía reparar en ello. Cuando varios hombres empezaron a echar tierra por encima del ataúd, me acerqué hasta el dueño de la pensión para preguntarle por aquella música.

-Ah, eso. Bueno, es que doña Clara siempre estaba escuchando esa emisora con su pequeña radio, así que se la hemos dejado sintonizada dentro del ataúd. Pensamos que le iba a gustar escuchar sus coplas.

El resto del día fue más o menos interesante. En la comida que se organizó en la plaza pude conocer a varios vecinos, algunos de los cuales me contaron historias que, a mi pesar, no creo que me dé tiempo a escribir.

Sobre las nueve de la noche puse rumbo a la pensión.

Al entrar en mi habitación me di cuenta de que no llevaba conmigo la llave del coche.

Pregunté al dueño de la pensión si la había visto por allí, pero después de un rato buscándola juntos, me di por vencido.

-¿La llevabas encima esta mañana? -me preguntó.

-Sí – dije-. La cogí por si decidía darme una vuelta por el monte. Joder, ¡mañana tengo que volver a Sevilla!

-Pues como no deshagas los pasos que has dado…

Mi mente se nubló con la idea de volver al cementerio. No soy de los que creen en historias de fantasmas y apariciones en camposanto, pero de ahí a que no me importara ir de noche…

-¿Tienes miedo de ir al cementerio? Si quieres te acompaño -me dijo.

-No, no se preocupe…

-Yo le tengo más miedo a la gente viva que a la muerta, el que está preocupado aquí eres tú -me dijo con un tono jocoso que no me sentó bien.

Aquella respuesta y una falsa sensación de valentía hicieron que me decidiera a ir solo. Aun así, planeé buscar la llave por el resto de lugares en los que había estado antes que ir al cementerio.

Por si acaso.

El pueblo de noche tenía algo de siniestro. Las calles eran estrechas, y la escasa luz de las farolas conferían a mi búsqueda un ambiente tétrico. La temperatura, además, había bajado bastantes grados.

Tras veinte minutos buscando sin suerte, puse rumbo al cementerio.

La luna iluminaba aquella explanada llena de cruces, flores, montículos y lápidas, pero no era suficiente para encontrar una llave entre la hierba, así que me serví de la linterna del móvil.

Procuraba apuntar directamente hacia el suelo, evitando que la luz formara sombras que me hicieran imaginar presencias terroríficas, pero aunque mis ojos se centraban en encontrar la llave, mis oídos estaban pendientes de cualquier ruido que pudiera producirse a mi alrededor.

A medida que me acercaba a la tumba de doña Clara, fui escuchando la música que salía desde su interior.

Aunque por la mañana me había parecido un detalle gracioso, escuchar en plena noche y rodeado de lápidas aquellas coplas antiguas no me hacía ya ninguna gracia.

Cuando llegué a la tumba, encontré la llave del coche sobre la hierba. Por fin.

Apagué la linterna para evitar más sombras, pero algo me paralizó. Al darle la espalda a la tumba de doña Clara, la música se entrecortó como si hubiera interferencias.

Mi primera reacción, aunque tardía, fue encender la linterna y apuntar directamente hacia la tumba. Las sombras provocadas por la luz artificial empezaron a moverse a mi alrededor, y cuanto más las perseguía con la linterna, más se movían.

Recuerdo que empecé a sudar.

Quise abandonar de una vez aquel lugar, pero antes de dar el primer paso, un escalofrío recorrió mi cuerpo.

La música se entrecortó de nuevo. Cuando volvió a escucharse nítida, ya no sonaban las coplas de doña Clara, sino música rock.

¡La radio había cambiado de frecuencia!

El viento empezó a soplar con fuerza, haciendo que la hierba se moviera violentamente y provocando un silbido aterrador al pasar entre las lápidas. El sudor, el frío y el miedo entremezclados consiguieron que tiritara sin control.

La radio volvió a cambiar de frecuencia, emitiendo ahora un programa de música clásica. Reconocí la Marcha Radetzky antes de empezar a correr hacia la salida.

Mientras escapaba de allí, me iba convenciendo de no mirar atrás pero, a veces, uno no siempre le hace caso a su mente.

Antes de llegar a la puerta del cementerio, volví la vista atrás. Lo que vi me hizo parar en seco. En la zona en la que estaba la tumba de doña Clara, había alguien levantándose del suelo.

No pude distinguir nada más que una silueta, pero no la olvidaré nunca, sobre todo porque fue lo último que vi antes de recibir un golpe en la cabeza que me dejaría inconsciente durante un día entero.

Desde entonces me entretengo escribiendo en el móvil, cambiando la frecuencia de la radio o creando sombras con la linterna y mi propio cuerpo, esperando sin hacerme ilusiones a tener algo de cobertura para que alguien me saque de este maldito ataúd.